La enfermedad y los hábitos alimentarios.

tenedor pinchando el mundo

– Marina Muñoz Cervera –

La relación de los hábitos con la salud y la enfermedad ha preocupado a los humanos desde los orígenes de las primeras civilizaciones y culturas. Tanto en los escritos de Hipócrates como de Galeno hay numerosas referencias a los hábitos alimentarios y la salud; de hecho fue el mismo Hipócrates el que acuñó la palabra “Macrobioti” (1) y en sus Aforismos hace referencia a la forma de alimentación de los enfermos, así vemos que en el Aforismo número 4, decía (2):

“En los males que prometen
Larga y penosa carrera
Siempre fue perjudicial
Una rigurosa dieta,
En los agudos no tanto;
Pero es preciso se advierta,
Que si la inanición daña,
Cuando pasa a ser extrema,
La repleción demasiada
También ofende y molesta”.

En muchos pasajes de la Biblia se comentan aspectos de los hábitos dietéticos, así, en el Eclesiastés 9:7, nos dice “Ve, come tu alimento con regocijo (..)” y en otras religiones también se establecen aspectos de alimentación, que incluso han llegado a nuestros días, como la religión judía, islámica, cristiana, budista, hinduista, jainista, adventista, etc. En algunos casos, los antropólogos han atribuido estas normas sobre los hábitos alimentarios a factores de rentabilidad productiva, eficiencia nutritiva e higiene de los alimentos (1).

El estudio científico de los hábitos alimenticios y su relación con la salud y enfermedad comienza en el Siglo XVIII, especialmente cuando los largos viajes de los navegantes obligaban a la tripulación a realizar dietas pobres y monótonas que desencadenaban enfermedades carenciales. James Lind (1716-1794), médico escocés perteneciente a la Armada Británica, Royal Navy, realizó el primer ensayo clínico sobre el uso de cítricos en tratamiento del escorbuto y en 1753 publicó su obra, “Tratado sobre la naturaleza, las causas y la curación del escorbuto” (3).

La mayoría de las enfermedades nutricionales inicialmente descritas (escorbuto, beri beri, pelagra) se debían a la deficiencia extrema de algún nutriente, sobrevenían de una forma relativamente rápida y desaparecían tras la administración de ciertos alimentos y, por lo tanto, eran fáciles de reproducir y estudiar en el campo experimental del laboratorio (1).

En los últimos años el interés por los hábitos alimentarios y la salud se ha desplazado hacia el estudio de enfermedades crónicas como la cardiopatía isquémica y el cáncer, además de otras patologías como las enfermedades cardiovasculares, diabetes mellitus, obesidad, malformaciones congénitas, enfermedades neurológicas, enfermedad pulmonar obstructiva crónica, demencia senil, osteoporosis, enfermedades oculares, degenerativas, etc. Estas enfermedades con múltiples etiologías están más bien relacionadas con un exceso de grasa, pero también pueden verse como patologías debidas a una deficiencia relativa de alimentos vegetales o sus componentes (1).

Aunque la relación entre la alimentación y las enfermedades crónicas puede, en parte, ser estudiada en laboratorio, por ejemplo produciendo arterioesclerosis en conejos alimentados con grasas saturadas, la mayor parte de la información debe obtenerse a partir de estudios en poblaciones formadas por personas que siguen hábitos alimentarios normales y libremente adoptados, lo que plantea particularidades y dificultades específicas; de aquí el interés en los estudios de epidemiología nutricional en los últimos tiempos (1).

Los primeros grandes estudios epidemiológicos se realizaron en la década de 1950; a finales de la década de los sesenta y durante los años ochenta la epidemiología nutricional experimenta un gran desarrollo metodológico y la generalización de análisis estadísticos complejos ha permitido obtener una amplia información. Desde entonces las publicaciones sobre dieta, enfermedad o salud han crecido exponencialmente (1).

Hoy por hoy, la nutrición está pasando a un primer plano como un determinante importante de enfermedades crónicas que puede ser modificado y no cesa de crecer la evidencia científica en apoyo del criterio de que el tipo de alimentación tiene una gran influencia tanto positiva como negativa, en la salud a lo largo de la vida , sin embargo en muchos países la políticas se dirigen a la lucha contra la desnutrición de forma unilateral, a pesar de que existe en su población una doble carga de morbilidad, sobrepeso, obesidad y desnutrición (4).

Los ajustes en la alimentación no solo influyen en la salud del momento sino que pueden determinar que una persona padezca o no, a lo largo de su vida, enfermedades tales como cáncer, enfermedades cardiovasculares, osteoporosis, enfermedades dentales, obesidad y sobrepeso y diabetes (4), entre otras patologías frecuentes en algunos medios como litiasis biliar, renal, enfermedades gastrointestinales (gastritis, esofagitis, trastornos de malabsorción intestinal, trastornos de flora de intestinal, pólipos en el colon, etc.), hígado graso, pancreatitis, depresión, anemias y otros procesos carenciales, alteraciones inmunitarias que aumenta la susceptibilidad a patologías infecciosas, etc.

La carga de enfermedades crónicas está aumentando en el mundo, se ha calculado que en el año 2001, causaron un 60% del total de 56,5 millones de defunciones notificadas en el mundo y un 46% de la carga mundial de morbilidad, se estima que esta carga puede aumentar a un 57% para 2020 (4). También se ha previsto que para el año 2020, las enfermedades crónicas representaran las tres cuartas partes del total de defunciones; a nivel mundial el 60 % de esta carga corresponderá a países en desarrollo (4).

Bien es sabido que en el reino animal las adaptaciones relacionadas con la elección de alimentos y la actividad recolectora tiene una gran impacto en la supervivencia, la reproducción de los individuos, y al final, en su éxito evolutivo. En la especie humana, sin embargo, tendemos a ver la elección de alimentos como un rasgo cultural no directamente relacionado con nuestro pasado biológico. Y nuestra evolución cultural alimentaria tiene consecuencias, incluso genéticas, favorables y desfavorables; así, la cría de animales para la producción de leche, por ejemplo, puede hacer que la frecuencia de tolerancia a la lactosa varíe de una región a otra en el mismo continente; en Tailandia, solo el 3% de la población presenta tolerancia a la lactosa, sin embargo, en el norte de la India, donde la actividad lechera es común, la proporción llega al 70% (5).

Como vemos, no podemos deslindar la salud y la enfermedad de nuestros hábitos alimentarios, son la base de nuestra vida para bien o para mal.

Y con esta entrada, abrimos una nueva categoría “Una mala alimentación y sus consecuencias”, dentro de la que iremos conociendo con más profundidad cada una de la enfermedades relacionadas con una alimentación inadecuada. En realidad, si partimos del concepto de que una alimentación sana es la base de nuestra salud, toda enfermedad obedecería a un desequilibrio alimentario y aunque esto último es una teoría muy antigua y hoy en día existen noxas que por sí solas nos pueden hacer enfermar, lo cierto es que si nuestra base es sólida, nos dará la fortaleza física y mental para superar con mucha menos dificultad cualquier problema de salud que pueda surgir. Y, si por desgracia, ya estamos enfermos, mejorará enormemente la evolución de la patología que pueda existir, conduciéndonos a tener calidad de vida.

 

Fuentes:

(1) Angel Gil. Tratado de Nutrición II. Nutrición Humana en el Estado de Salud. Pág. 3. 2ªEdición. Editorial Médica Panamericana. Madrid, 2010.

(2) Aforismos de Hipócrates. Traducidos, ilustrados y puestos en verso castellano por el Doctor Don Manuel Casal T. Aguado, Alias, Don Lucas Alemán. Imprenta de Repullés. Madrid 1818. Universidad Complutense de Madrid. (Digitalizado por Google).

(3) James Lind. http://es.wikipedia.org/wiki/James_Lind

(4) OMS Serie de Informes Técnicos nº 916. “Dieta, Nutrición y Prevención de Enfermedades Crónicas” Informe de una consulta Mixta FAO/OMS Organización Mundial de la Salud. Ginebra, 2003.

(5) Olli Arjamaa y Timo Vuorisalo. “Genes, cultura y dieta”. Investigación y Ciencia nº 66. Prensa Científica, S.A. 2011.

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