La influencia de las grasas en el estado de ánimo.

muchacha furiosa

Marina Muñoz Cervera –

“En los últimos 100 años, la ingesta de grasas saturadas, ácido linoleico (omega 6) y grasas trans, ha aumentado de forma espectacular en el mundo occidental, mientras que el consumo de omega 3 ha disminuido”, afirmaba en el año 2008, Fernando Gómez-Pinilla, neurobiólogo chileno de la Universidad de California en Los Ángeles, en una revisión de artículos. Este fenómeno, concluía el estudio, podría acarrear el aumento de enfermedades depresivas en países como Alemania o Estados Unidos (1).

Estas palabras, hoy, en el año 2013,  no nos resultan extrañas; en muchos estudios se ha relacionado el exceso de las grasas, anteriormente mencionadas, con multitud de patologías, tanto es así, que la FAO en una Consulta de Expertos publicada en el 2008, nos habla de la posibilidad de retirar las grasas trans del consumo humano, ya que existe una evidencia convincente de que incrementan los factores de riesgo y los accidentes cardiovasculares y hay una evidencia probable de un incremento en el riesgo de enfermedad coronaria mortal y muerte súbita, adicionalmente al riesgo incrementado de síndrome metabólico y diabetes (2). También recomiendan la sustitución de los ácidos grasos saturados, que no deben superar el 10 % de la energía total, por poliinsaturados en la alimentación, indicando que de éstos últimos el porcentaje debe ser el siguiente: un 2% de la energía total de omega 3 (linolénico) y un 2,5 a 9% de omega 6 (linoleico) (2).

El tipo de grasas que consumimos es de vital importancia para nuestra salud ya que la actividad biológica de nuestras células depende en gran parte de los ácidos grasos derivados de los alimentos que consumimos (3).

“Quien sabe si no le debemos la bomba neumática a una sopa bien cocinada o la guerra a una mal cocida” filosofaba George Christoph Lichtenberg (1742-1799) (1), escritor y científico alemán (4), según refiere un interesante artículo, publicado en la revista Mente y Cerebro por la escritora Stefanie Reinberg (1).

En el artículo mencionado, la escritora nos relata algunas experiencias sobre el tema:

– El Director de documentales, Morgan Spurlock, para su película Super Size Me, estuvo desayunando, almorzando y cenando, durante 30 días, en establecimientos de una conocida cadena de comida rápida. Al terminar el rodaje, el cineasta pesaba 11 kilos más, sus indicadores hepáticos eran preocupantes y se sentía deprimido, tanto es así que definió su estado de ánimo como “irritable, furioso e infeliz”.

– El endocrinólogo Fredrik Nyström, de la Universidad de Linköping (Suecia) en el año 2010, ideó un plan de alimentación que acataron 18 voluntarios: durante un mes debían ingerir comida rápida en grandes cantidades, casi el doble de las calorías habituales; además debían moverse lo menos posible. No todos engordaron como el cineasta del experimento anterior, sin embargo, manifestaron el “pésimo estado de ánimo”; de hecho cuánto más comían peor se sentían anímicamente.

Almudena Sánchez  Villegas, profesora del Departamento de Ciencias Clínicas de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria (España) y su equipo, constataron que la grasa perjudicial no solo daña el cuerpo, sino también desencadena estados depresivos (1)(5) y la noticia fue difundida por muchos medios de comunicación en el año 2012.

Diversos estudios constatan que los ácidos grasos Omega 3 benefician a las personas que tienen depresión o trastorno maniaco-depresivo bipolar. También disminuyen los síntomas en el trastorno límite de la personalidad, asegura Mary Zanarini de la Escuela Médica de Harvard (1).

Y, en general, parece demostrado que mejoran notablemente el estado de ánimo (1).

Se puede llegar a pensar que los ácidos grasos omega 3 podrían resultar, anímicamente hablando, como el “soma” descrito por Aldous Huxley (1894-1963) en su libro “Un mundo feliz”, de hecho nuestro organismo no puede sintetizarlos y tenemos que incorporarlos con la alimentación (pescado azul, algunas semillas oleaginosas, etc.); si se utilizan suplementos, la mágica pastilla no solo reduciría la agresividad sino que aumentaría el bienestar psíquico/físico. No obstante y ya, bromas a parte, tenemos que ser cautos con el uso de suplementos y conseguir que nuestra alimentación esté equilibrada, para lo cual es imprescindible la reducción de grasas saturadas y trans y un adecuado equilibrio entre ácidos grasos omega 3 y omega 6. Es decir, un adecuado manejo de las grasas dentro de una alimentación saludable.

Enlaces relacionados:

¿Qué son los Ácidos Grasos Omega 3? ¿Son realmente necesarios para la salud?
Consumo de Ácidos Grasos: Conclusiones de una Consulta de Expertos de la FAO en el año 2008.
La alimentación de las vacas determina el tipo de grasas de los lácteos.
La alimentación puede ser un “barco” que nos aproxima a nuestros sueños.

Fuentes bibliográficas:

(1) Stefanie Reinberger. “Alimento para la psique”. Revista Mente y cerebro 61-2013. Pág. 32, 33, 34, 35 Investigación y Ciencia. Edición Española de Scientific American.
http://www.investigacionyciencia.es/mente-y-cerebro/numeros/2013/7/alimento-para-la-psique-11260
(2) Grasas y Ácidos grasos en nutrición humana. Consulta de Expertos 10-14 de noviembre de 2008. Estudio FAO Alimentación y Nutrición 91. Publicado por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) y la Fundación Iberoamericana de Nutrición (FINUT) Granada, España, 2012.
ISSN 1014-2916
FAO ISBN 978-92-5-3067336
http://www.fao.org/docrep/017/i1953s/i1953s.pdf
(3) Jean Carper. “Tres teorías sobre el poder curativo de los alimentos”. Los Alimentos: Medicina Milagrosa. Pág. 42. 5ª Edición. Editorial Amat, S.L. Barcelona, 2008.
(4) http://es.wikipedia.org/wiki/Georg_Christoph_Lichtenberg.
(5) Almudena Sánchez-Villegas, Estefania Toledo, Jokin de Irala, Miguel Ruiz-Canela, Jorge Pla-Vidal and Miguel A Martínez-González (2012). Fast-food and commercial baked goods consumption and the risk of depression. Public Health Nutrition, 15, pp 424-432. doi:10.1017/S1368980011001856.

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