Crónicas alimentarias de un viaje.

Cronicas alimentarias de un viaje 1

Me decido a escribir esta historia porque creo que puede ser útil para las personas, preocupadas y afanadas en su saludable alimentación, que emprenden un viaje sin saber que van a comer por el camino.

Confío en que os guste.

Crónicas alimentarias de un viaje.

Como mucha gente en Navidad, fui a ver a mi familia, en avión, sin saber qué me iba a encontrar por el camino. Fue un viaje largo (más de 10.000 km), tres aviones, tres aeropuertos y muchas horas de espera.

Antes de proseguir la narración, os comento que soy una persona cuidadosa con mi alimentación y nutrición, observo todos los aspectos del reparto alimentario y “vigilo” lo que entra por mi boca y se dirige hacia mi estómago. En términos generales, podría decirse que mi alimentación es equilibrada y relativamente variada porque vivo en un país que no se caracteriza por una gran heterogeneidad alimentaria. Me gusta viajar y una de las causas es porque encuentro alimentos nuevos en mi camino.

Como en los embarques de los aeropuertos no se puede entrar ni agua, para qué hablar de un bocadillo; lo primero que hice fue asegurarme de que mi estómago estaba lleno antes de embarcar.

El único bar del aeropuerto que estaba abierto en esa madrugada, ofrecía empanadas, bollos variados, pasteles, etc., además de refrescos variados; cuando milagrosamente vi que había empanadas de palmito para solventar el problema. No pregunté ni el precio porque sólo pensé que el palmito era un vegetal y que su fibra alimentaria, así como las vitaminas y minerales que me aportaría, me ayudarían a conseguir mi objetivo. Lo acompañé con un botellín de agua mineral sin gas y ya me sentí preparada para comenzar el periplo.

Una vez en la zona de embarque, me volvió a entrar hambre, pero pensé que era un exceso porque en el avión me iban a dar un refrigerio, por ello, decidí tomar un café descafeinado con leche entera – no había desnatada –  y con azúcar – no había edulcorante -. Estaba con gente agradable y la charla fue muy animada, todo ello contribuyó a que no pensase demasiado en el café y lo degusté con calma pensando en que todavía tenía el palmito en el estómago. 

Al poco tiempo de subir al avión ya estaban preparando el anhelado aperitivo; fue decepcionante, un bocadillo de jamón cocido y queso con una palmerita azucarada – por mucha agua que bebiese, iba a llenarme de grasas saturadas -. Lo que único que se me ocurrió para consolarme es que al llegar a mi primer destino, en el que iba a estar muchas horas, podría caminar para quemar las “benditas grasas” que estaba comiendo.

Cuando llegué al aeropuerto me esperaba una larga fila de gente para atravesar un severo control de pasajeros; durante el mismo, gasté mucha energía porque además de estar de pie un buen rato, tuve que quitarme zapatos, reloj, etc., además de levantar mi maletita de mano que pensaba 10 kg. Una vez terminado, me fui velozmente hacia la zona de tránsito en la que había una gran variedad de lugares para comer.

En una especie de kioscos vendían sándwiches vegetales – la salvación -, empanadas de carne, bollería variada, etc. También había restaurantes, pero dado el precio de los aeropuertos, preferí arreglármelas de otra manera.

Lo primero que hice fue sentarme en una cafetería a tomar otro descafeinado con leche, pero en esta ocasión tuve la gran fortuna de encontrar edulcorante y con mucho agrado se lo añadí a mi leche entera – tampoco había desnatada-. Me sirvió para calentar algo el estómago y me fui a caminar; estuve viendo tienda tras tienda, observando las curiosidades del aeropuerto. Me senté a reflexionar sobre cuál sería mi estrategia alimentaria durante las 12 horas que me quedaban en el lugar.

Como en la cafetería, en la que había estado, servían Sushi, solucioné el almuerzo, luego podría comer algún sándwich vegetal.

A la hora y media de estar caminando, volvía a estar hambrienta e hice lo que había pensado, pedí agua mineral sin gas como bebida y otro descafeinado con leche entera y edulcorante, en lugar de postre. Fue un almuerzo frugal porque con 5 piezas de Sushi no quedaba lleno del todo mi estómago, pero como contenía arroz, cangrejo, aguacate o palta y las acostumbradas algas nori, pensé que era bastante equilibrado y también recomiendan que no se coma en exceso en los viajes. Por ello me quedé tranquila y dispuesta a mi siguiente paseo.

Continué mi recorrido por los mismos lugares, ya los había visto, pero me resultó ameno. Al cabo de un par de horas, de caminar y más caminar, ya me conocía las caras de todo el mundo, había curioseado por todas las tiendas y lo peor, había gastado por completo la energía que me había proporcionado el arroz del Sushi.

Estaba completamente cansada del descafeinado con leche y pensé que en la cafetería que había estado, podrían tener chocolate. Cuando me dijeron que sí, mis ojos se iluminaron ante la posibilidad de tomar antioxidantes aunque fuera con leche entera. Degustando mi sabrosa taza de chocolate pasé otro buen rato que aproveché para escribir y leer.

Cuando ya me cansé de estar sentada, proseguí quemando grasas con mis largos paseos.

Al poco rato, decidí visitar uno de los kioscos para comprar agua y un sándwich vegetal. Estaba bueno, a pesar de que las verduras estaban trituradas y era una pasta de colores de contenido no identificado. Pero creí lo que decía el envase y me senté en cualquier lugar de ese aeropuerto a saborear el misterioso manjar.

Ya estaba muy aburrida, pero me acordé del chocolate y decidí tomar otro; iban quedando menos horas para el embarque de mi avión, en el vuelo de 11 horas estaba incluida la cena y un refrigerio.

Soñaba con llegar a mi destino y comer un buen pescado fresco, pero aún quedaba ¡tanto tiempo!; preferí tomérmelo con calma y disfrutar en la medida de lo posible.

Tras el segundo chocolate, me empezó a cansar el hecho de estar obligada a tomar leche entera, pero también pensé que así podría averiguar qué pasa con mi organismo si en alguna ocasión, me salto mi equilibrada alimentación – solo fue un intento de consuelo -.

En esas diatribas me hallaba, cuando observé que la gente se estaba poniendo en fila para embarcar; como todavía quedaba más de una hora para entrar en el avión y ya estaba harta de recorrer el aeropuerto, me tomé un tercer chocolate para aguantar hasta la hora de la cena.

Una vez en el avión  – ya iba quedando menos – y cuando llevaba más o menos una hora de vuelo, comenzaron a preparar la cena. Era sencillo porque después de comer había que dormir o ver la película que proyectaban durante la noche.

Sirvieron la conocida bandeja con una ensaladita de tomate, lechuga y zanahoria, un estofado de pollo, un pastelito, mantequilla y pan; pedí agua para beber, no abrí la mantequilla – de forma inevitable, su sólido aspecto me hace pensar en todas las moléculas de grasas saturadas que contiene, sin dobles enlaces, rígidas, y en los esfuerzos que tendría que hacer mi metabolismo para transportarlas; se espesaría mi sangre inmediatamente después de comerla y se enlentecería mi circulación – y lo demás me lo comí todo. No os puedo decir que fuese una comida estupenda, pero sirvió para llenar el estómago y me entró sueño.

A la mañana siguiente, estábamos próximos al segundo destino, cuando sirvieron el desayuno. En esta ocasión, un té y algunas pastas – no sé si tenían grasas trans pero me dio igual – solucionaron mi hambre.

Muy contenta bajé del avión, con la curiosidad del siguiente aeropuerto, en el que iba estar 7 horas. Como en el lugar anterior, exploré mis posibilidades y vi que no eran del todo malas; quizás lo peor fue aguantarme las ganas de pedir un bocadillo de salchichón (me gusta mucho aunque no lo como), pero me acordé de los tiempos en los que no cuidaba mi alimentación como en el momento actual, y se me quitaron las ganas repentinamente al rememorar que mi estado de mi salud, en aquel entonces, no era malo, pero no era tan bueno como ahora. ¡No estaba dispuesta a renunciar a la calidad de vida que me daba mi saludable alimentación!.

Afortunadamente vi unos lugares en los que servían sándwiches vegetales con salmón, o sin él. Como ya tenía hambre, había caminado un largo rato, me senté a comer uno con salmón ahumado, un agua sin gas y un descafeinado con leche – no había chocolate -. Estaba rico todo y, a pesar de que la leche era entera – ¡cómo no! -, había edulcorante.

Recuperadas las fuerzas, llamé por teléfono – estaba ya en mi país -, leí y pasée durante otro buen rato.

Es curioso porque cuando viajo tengo la necesidad de comer cada dos horas, con más frecuencia que los bebés.

Como no quedaba demasiado tiempo, me pareció excesivo otro sándwich, por ello, compré un salteado de semillas oleaginosas en una maquina y me senté a comerlas placidamente – su riqueza en ácidos grasos poliinsaturados me complacía-. Al rato, una chocolatina – no miré la composición nutricional pero seguro que tenía antioxidantes – y ya comencé a prepararme para el último embarque de mi viaje. En el último vuelo no daban nada, por ello compré otra chocolatina – me fijé que estaba hecha con leche desnatada – para el trayecto de una hora.

Llegué sin novedad y con muchas ganas de saborear un rico gazpacho.

Y sobre este viaje de ida, que terminó viendo las anheladas caras de mi familia en el aeropuerto, no tengo más que contaros.

El regreso fue mucho más rápido, pero no por ello menos problemático nutricionalmente hablando. Para despedirme de mi país y ya con toda conciencia, pedí antes del embarqué un croissant tostado con un descafeinado con leche entera que no me terminé – no había chocolate -.

Antes de subir al avión, me compré una chocolatina y un agua. Como casi no tenía tiempo entre éste y el siguiente vuelo, necesitaba energía de reserva porque nada más llegar a mi primer destino, tuve que volar – sin alas- para el embarque del segundo avión.

En este segundo recorrido de 11 horas, estaba muy bien puesta la pantalla para ver películas y eso me resultó agradable durante el día, pero mermaba mis posibilidades de dormir.

Ofrecieron un almuerzo, dando a elegir entre musaka y canelones. La decisión fue sencilla, los canelones seguramente tendrían bechamel (hecha con mantequilla) y foigras (con toda su grasa), y la musaka contenía carne picada magra, con tomate, berenjenas y un poquito de puré de patata. Me decanté por lo segundo, no abrí el paquetito de mantequilla, me comí la pequeña ensalada que acompañaba al plato principal, y el pastelito de bizcocho de postre sin pensar demasiado en los azúcares que contenía – al menos no llevaba azúcar en polvo por encima -. Acompañé todo ello con dos bollitos de pan para equilibrar el plato.

Como fueron muchas horas despierta, tuve que pedir galletas en dos ocasiones – no tenían etiquetado y me quede con las ganas de saber si tenían grasas trans y/o mantequilla, también pensé que ¡no iban a ser tan desalmados para poner galletas con trans en un avión! – para no desesperarme antes del consabido refrigerio que daban cercano al segundo destino. Consistió en un bocadillo de jamón cocido con queso – ¡¡otra vez montón de grasas saturadas¡¡ -, y una palmerita con azúcar por encima -¡mejor no hablar de eso! -. En fin, como no había otra cosa y tenía que pasar por el mismo control que a la ida, preferí comérmelo todo. Pedí agua.

Una vez en el segundo aeropuerto, en el que si había chocolate, tardé poco en sentarme, exhausta de tanta turbulencia en el avión.

Tenía 5 horas de espera y mucho sueño, pensé en dormir, eso complicaba menos el hecho de comer, pero no lo conseguí, por ello caminé y caminé hasta que me entró hambre de nuevo y en esta ocasión pedí una empanada de carne – ¡seguro que la masa tenía grasas trans! –  y un agua. Me serviría de cena porque el vuelo era de madrugada e incluía un tentempié.

Se estaba acercando la hora del siguiente avión y como despedida, tomé mi último chocolate en taza antes de quedarme dormida en la zona del embarque.

El último viaje duró 4 horas y sirvieron otro bocadillo de jamón cocido con queso y otra palmerita con azúcar por encima – ¡las fastidiosas grasas saturadas nuevamente! -. Pero como ya quedaba muy poco para llegar y recuperar mi equilibrio alimentario, lo comí por necesidad energética y hambre, sin disgustarme demasiado, con abundante agua.

Cuando llegué a mi casa pude volver a disfrutar de mi saludable alimentación, lo primero que ingerí fue una apetitosa ensalada de frutas con semillas oleaginosas, despues un chocolate en polvo con leche desnatada y estevia como edulcorante, acompañado de dos tostadas de pan con aceite de oliva – ¡¡delicioso¡¡ -.

Durante estas vacaciones, estuve cuidando lo que comía y mi Índice de Masa Muscular (IMC) no sufrió variaciones apreciables, a pesar de las grasas saturadas y azúcares en exceso, que tomé durante este periplo.

Epílogo:

¡¡ Sobreviví¡¡

– FIN –

El contenido de esta historia es completamente real, quizás por deformación académica tiendo a intelectualizar en exceso mi alimentación y me pareció que podría resultar divertido reflejar todas mis diatribas juntas en un relato.

La foto que ilustra esta entrada fue tomada unos pocos días antes de mi regreso.

Marina©Muñoz Cervera

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s